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September 24, 2011
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Manejaba a media marcha porque Marta, en el asiento de pasajero se practicaba lo que a mí parecer era una cirugía ocular riesgosa, valiéndose apenas de un espejo polvera y un lápiz con punta mellada. Y porque además, yo no quería llegar tan pronto a nuestro destino.

Íbamos camino a la inauguración de una especie de galería de arte (discurso, brindis y subasta incluidos) lo que equivalía a varias horas del más selecto aburrimiento. Motivo suficiente para querer retrasar el viaje.

Si no hubiese sido por el detalle del lápiz moviéndose tan cerca de aquella córnea, yo mismo habría volcado el carro.

Las excusas me faltaron aquel día. Parecía que todo el universo conspiraba para hacerme asistir al evento ese.

Hasta la tele se había jodido (y yo creía que ya habían tocado fondo). Transmitían sin parar las imágenes de un montón de gente corriendo como loca, así sin más, sin cintillo informativo a pie de pantalla, sin narración.

Como estaba la cosa, el ataque de histeria que mostraban podía ser en casi cualquier lugar del globo o incluso en varios.

Fuera de eso la tarde tenía buen aspecto. Todo tenía vida.

La brisa agitaba las ramas, el sol se ocultaba y sus últimos rayos lamían el paisaje bañándolo todo con un barniz sepia.  

Una bandada de loras pasó volando tan cerca de nosotros que pudimos escuchar el batir de las alas y el parloteo alegre. Aquello me hizo recobrar el ánimo. Luego, cuando extrañé el ruido, encendí la radio pero sólo había estática.
—Debe ser por el lugar, en estos sitios ni AM y FM —dijo Marta, sin dejar de mirarse en el espejo.
Habíamos dejado atrás la carreta principal hacía rato, atravesábamos un sendero construido en medio de la floresta por la gente de la galería para acortar camino. El asfalto y los árboles talados todavía estaban frescos. Se olía la sabia, la madera y el bitumen.

Recorrimos un trecho y los sonidos de la civilización se hicieron perceptibles en aquella jungla. Habíamos llegado.

La galería era un caserón con un porche inmenso y un jardín interminable. Podría haber pasado por la residencia de un mafioso sino hubiese sido por la fachada de cristal y por aquel delator letrero en itálicas.

Hileras de arbustos bien podados hacían las veces de cerca, un caminito de ladrillos grises, cerrado con arcos en los que -supuse- en algunos meses crecerían enredaderas atravesaba el césped y llevaba directo al porche.
—¿Verdad qué es preciosa, querido? —Dijo Marta con los ojos aguados.
Le dije que estaba preciosa pero algo en mi tono no terminó de cuadrarle. Fui reprendido con una ráfaga de imposiciones.
—No digas nada a menos que sea un asunto de seguridad nacional y procura que no sea con la boca llena ¿sí? Recuerda, son canapés no frituritas. Ca-na-pés. Y por sobre todas las cosas, que no se te pase la mano con las bebidas ¿puedes?

—Yo sólo le hago caso a las señales. Tus amigotes, los mecenas, montan un museo al otro lado del estado y un bar pasando la calle. No es mi culpa. Es un asunto de ¿cómo se dice?

—¿De alcoholismo?

—Más bien es una cuestión de proximidad y hábitat. A mí, por proximidad me toca elevar el espíritu con cervezas, en cambio: al cunaguaro, las guacamayas, los venados, las acacias, los apamates y a las caobas de por aquí les toca con exposiciones de arte. ¿Verdad qué es precioso?
Me miró con su mejor cara de jodete y se bajó como si el carro ardiera. Molesta. Rígida. Y eso que no mencioné que detrás de la galería estaba el crematorio. Como se supone que debía estar clausurado preferí callármelo.

Subí los vidrios, cerré las puertas y la alcancé. Me esperaba al comienzo del camino.
—Ahora, si ya terminó su discurso el señor proximidad y hábitat, ¿sería tan amable de escoltarme hasta la entrada?

—Será un placer, señorita canapés.
En la entrada, el responsable del jaleo, es decir, el principal inversor, un tipo de cara ancha que despedía un tufo a tabaco poco más soportable que su rancio semblante, nos interceptó y en medio de la emoción agarró a Marta por la muñeca e intentó separarla de mi brazo con una llave poco discreta.

Pensé en ahorcarlo con su propia corbata. Debí exteriorizar los pensamientos de alguna forma, enseguida la soltó.
—Esta noche no podía faltar esta talentosa vestidora —dijo dirigiéndose a Marta mientras hacía una reverencia con mucho adorno.

—Flavio, por favor ¿a cuántas vestidoras conoces? Además soy vestuarista.

—Ya sé, ya sé —Repuso él y comenzó a soltar una palabrerío fastidioso.
Yo estaba tan metido en la labor de guardaespaldas que no había reparado en la dama que estaba junto a Flavio.  

Tamara de la no sé qué cosa y algo que más que no recuerdo.
—Pero puedes llamarme Tami —dijo con un hilito de voz.
Tenía un aire de inmaterialidad genuino, como si hubiese sido sacada de un lienzo pero con la malicia suficiente como para ponerla en un calendario.
—¿También eres artista? —Me preguntó.
Miré a Marta y a Flavio, estaban muy ocupados hundiéndose en el pantano del fingimiento. ¿Qué si era un artista?
—Por supuesto, bueno, eso dicen —le respondí con una sonrisa que era la modestia hecha mueca.  

—¿Y qué es lo que haces? —preguntó interesada.
Decir que era músico, pintor o poeta era un recurso muy gastado. Además a mí me ya aburría esa tribu.

—Soy compositor de paisajes sonoros.

—¡Ah, sí! —dijo ella, con los ojos brillosos.  

—En mi último proyecto capturé los sonidos ambientales de casi todo el territorio. El murmullo de los granos de arena arrastrados por la brisa allá en los médanos. El crepitar de las hojas golpeadas por las gotas de lluvia en medio la selva. Grabé el concierto ese que dan las aves en la sabana mientras amanece.

—Increíble. ¿Cómo es que no había oído nada de ti?

—Mantengo bajo perfil. Lo hago por placer. La publicidad es como aire viciado. Claro, que me han llamado con ofertas interesantes pero… Ya sabes.  Además, ahora estoy involucrado en cuerpo y alma en un proyecto que es, si se quiere, hasta humanitario.  

—¿De qué se trata?

—Trasladar las grandes obras de la pintura al braille. Además añadirle sonidos y todo, así las personas con dificultades visuales pondrán deleitarse con el legado de los grandes pinceles.

—¡Qué filantrópico!

—Ahorita mismo trabajo en el nacimiento de la Venus. Ya tengo la almeja gigante, el sonido del mar y el viento, pero no doy con la modelo perfecta.
Estaba a punto de decirle que su perfil encajaba y ella, a un tris de ponerse a la orden, pero en ese instante Marta me soltó un codazo entre las costillas.

—¿Te volviste loco?

—Marta, acabas de ponerle fin a mi carrera artística. Mataste al Armando Reverón del siglo.

—Compórtate.

—No sé, tengo ganas de cortarme una oreja.
Flavio se había llevado a Tamara con uno de sus agarres de judo. Se perdieron entre la multitud.

Nosotros hicimos lo mismo.

El lugar estaba repleto, muchas boinas oscuras, lentes redondos, monturas de pasta. Un anciano en uniforme militar —de gala— e incluso un sacerdote y varias monjas merodeaban en el sitio. Marta los conocía a todos, me presentó a la mayoría.

Después de la inauguración (ritual en el desvelaron una placa para rosearla con pétalos de flores y un chorro de agua mineral) las cosas transcurrieron más o menos así:

Marta se divertía hablando con sus antiguos compañeros de clases, con la gente del trabajo. Y yo miraba los cuadros y escuchaba a los expertos aunque nunca les entendía un carajo. Decían: "No alcanzo a descifrar la intensidad del conflicto de esta propuesta", "muy minimal-avant-garde".

Donde yo veía cuatro brochazos simpáticos en colores primarios, ellos "percibían una intensa búsqueda del artista por revelarse contra las ataduras del figurativismo castrante. Además de un complejo de Edipo a punto de devenir en algo más grande". Y cosas por el estilo.

Salí al jardín posterior a respirar aire sin anilina, capaz lo del Edipo ese resultaba contagioso. En todo caso era preferible arriesgarse a inhalar cenizas del crematorio.  

Instalados en el prado, había mesones con canapés y un barcito. Una orquesta de cuatro tipos tocaba música como de ascensor.

Me serví un pan tostado, untado con algo de origen indescifrable y me quedé viendo un pedazo de hielo que se derretía sobre un pedestal. Había sido la escultura de un dios de mitología importada, según se leía en una pequeña placa, pero ni eso lo salvó del calor del trópico.

Una monja que podía ser mi bisabuela se acercó al tempano y, después de estudiarlo mucho rato me preguntó qué era aquel cascote.
—Hiperrealismo abuela —respondí.

—¿Hiperrealismo?

—Así es, ahí tiene una reproducción milimétrica de un escupitajo del Olimpo
ó una estalagmita, según se mire.
Sonrió y se fue murmurando cosas que dudé fueran rezos. Una anciana simpática. Caminaba con el andar pesado de una gran tortuga, tenía maneras de gansa y atuendo de pingüino.

Caminé hacia el bar, ofrecían otras bebidas pero pedí agua.

Al cabo de un rato necesité ir al baño. Como el picaporte, por alguna razón no giraba y no podía volar la puerta, opté por el baño de servicio. A veces nos privamos de hacer cosas por un simple letrero de no pase.
Era un baño pequeño. La luz estaba encendida. Alguien ocupaba el único excusado y hablaba.
—Te digo que en todo este tiempo he visto cosas raras, rarísimas inclusive; pero esto, esto es el colmo ¿Seguro no me está tomando el pelo?
Reconocí la voz, era el viejo de uniforme. Se había presentado como general de algo Araujo.
—¿Y pretendes que yo crea que los muertos se están levantando?
Debí hacer un esfuerzo por contener la respiración o tal vez deje de respirar de sólo haber oído aquello. Seguí escuchando.
—Seguro usted puede hacerse cargo. Sabe que ahora estoy en el rollo este de mi ahijada en la galería y no quiero hacer un desplante así. Seguro que ustedes pueden hacerse cargo.
Hubo un silencio seguido de unas maldiciones. Pretendes que yo crea que los muertos se están levantando. La frase rebotaba en la habitación embaldosada.

Luego se escuchó el tintineo de los herrajes del cinturón, una cremallera cerrándose y el sonido del agua al bajar la palanca.

La puerta se abrió, yo estaba parado enfrente.  

El general me miró inexpresivo, hizo como si quisiera alcanzar un arma de su tobillo pero calculó las posibilidades. Toda su agilidad se limitaba al recuerdo. Además aquel abdomen voluminoso era una pared que se interponía entre su mano y la pistola.
—Así que los muertos están vivos —le dije.
—Según parece. Por ahora eso es un secreto de Estado y debe seguir siéndolo. Si la gente de allá afuera se entera, van a formar un alboroto.
—La tele estuvo mostrando toda la tarde unas imágenes, hasta ahora me parecía una transmisión en cadena de cámara escondida, pero ahora entiendo. No debo ser el único que sabe.
—No chico, la gente que está allá afuera no ve la tele. El secreto depende de ti.
Metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó un par de billetes de cien, nuevecitos. Extendió la mano para que los alcanzara pero recordó donde estábamos o  lo que había estado haciendo.

Dejó los billetes sobre la barra del lavamanos. Esperé a que se fuera y los tomé. Dinero sucio.

Resulta curioso como el saber algo trágico cambia la perspectiva de las cosas. Todo comienza a verse con otro color. Como si de repente los cristales se ahumaran y no encendieran más las luces.

Lo que hasta entonces había sido una fiestecita insípida, después de aquella visita al baño se convirtió en un funeral donde cualquiera podía ser el muerto y lo que es peor, por morir a manos de un difunto. Vaya si los maestros de la ironía y el absurdo se revolverían en sus tumbas.

Los arbustos y las ramas dibujan siluetas macabras y parecían moverse a voluntad. El cuarteto seguía tocando, la música encajaba perfectamente con el paisaje, como si hubiesen dejado de leer las hojas de sus atriles para seguir las instrucciones que el ambiente dictaba. Aquello sonaba como el preludio de la tragedia.

Tampoco sonaba mal, eran buenos músicos.

Regresé a la fiesta y busqué a Marta. Conversada animadamente con sus amigas. Me saludó alzando su copa.

Le devolví el saludo con una copa imaginaria. Hizo un guiño y levantó el pulgar. Sonreía. Hacía eso cada vez que yo estaba sobrio.

Me acodé en un mesón cercano a la mesa de Marta y estuve probando los distintos canapés (que era lo único que seguía igual que al principio, porque ya no podían estar peor) y pensando en lo que había oído en el baño de servicio.

En el preciso instante en el que recordaba el: pretendes que yo crea que los muertos se están levantando, se apareció el general.
—¿Sabes lo del crematorio?

—Sí.

—¿Sabes qué aún funciona?

—No.

—Ahora lo sabes.

—Y pensar que era tan feliz sin saberlo.

—¿Tienes un arma?

—Justo vaciaba esta bandeja de bombones para poder valerme de ella.

—No serviría de nada. La cosa está en hacer que toda la gente se vaya antes que los occisos andantes lleguen.

—Créame, si el discurso inaugural no los hizo correr, ya no se irán con nada.

—Necesito que cooperes.

—¿Qué quiere que haga? Es verdad, cada cena de navidad me ponía hasta el tope y todo el mundo se iba espantado, pero le prometí a Marta que no haría nada estúpido, por lo menos no esta noche.

—Maniobra de dispersión preventiva muchacho. Tu provocas una trifulca y yo la disuelvo haciendo disparos al aire. Todos se irán cuando vean la pistola. Quizás tenga que arrestarte y te lleves un par de cachazos, pero no pasará de ahí. Tiene mi palabra.

—No se ofenda sargento, pero algo me dice que no confíe en su palabra y fíjese que siempre me dice que confíe. Aunque nunca le hago caso, esta vez parece que ese algo y yo estamos de acuerdo. Nada personal. Es el instinto de supervivencia, y el instinto de supervivencia ahora me dice que sus billetes son falsos y que corra porque allá viene un cadáver andante.
En vida debió haber sido un atleta. Sus músculos se resistían a entregarse a la rigidez que implicaba su nuevo estado, conservaba parte de la habilidad. Se movía rápido, a grandes zancadas. Como en el sprint final de una prueba de maratón.

De no haber sido por aquella podredumbre disimulada en formol hubiese costado creer que se trataba de un difunto.

La música se detuvo, uno de los músicos dijo a todo gañote las palabras más sensatas de toda la noche:

"Pal' carajo, me voy de esta vaina".

Tendría éxito como conductor de masas o como director de orquesta, enseguida lo siguieron.

Ni el general ni yo corrimos. La cosa avanzaba hacia nosotros con la boca abierta. Bufaba, aquel resoplido resultaba angustioso, paralizante.

Agarré una bandeja y cuando estuvo a tiro le asesté un golpazo enérgico.

Por encima de los gritos y el alboroto de la gente, aun por encima del sonido del metal contra aquella cabeza, pude oír sus dientes estrellándose unos contra otros.

El cadáver se tambaleó en medio de una lluvia de bocadillos pero recobró el equilibrio antes de lo previsto.

Entonces lo golpeé con el borde del recipiente.

El filo de la bandeja se hundió en el cráneo y cayó. Desde el suelo nos miraba con aquellos ojos inyectados en sangre muy abiertos, como si memorizará nuestros rostros para poder ajustar cuentas la próxima vez.

Intentó levantarse, el general se lo impidió con tres plomazos.
Su cabeza se había esparcido por el césped. La cordita mezclada con aquel olor resultaban nauseabundos.
—Buenos movimientos. Nada mal para un civil —dijo el general.

—Gracias sargento, buena puntería, nada mal para un anciano —Le respondí.
Improvisó una seña y un saludo.

Le devolví los gestos y entré en la galería.

Busqué a Marta en medio de la multitud, tuve que esquivar empellones y codazos, valiéndome a veces de empellones y codazos.

La encontré en el baño de servicio. Intentaba fumar un cigarrillo pero no podía llevarse la mano a la boca. Temblaba.  

Tenía el rostro chorreado de cosmético. Se veía bien, parecía un maquillaje tribal. Aunque no creo que sus amigos, los sibaritas, lo aprobasen.

—Me escondí aquí cuando empezó todo, me pareció seguro —dijo lanzando el cigarro al suelo.

—Bien hecho. Hasta los muertos esos respetan los letreros de no pase.
Le limpié el rostro con la manga del saco, se lo ofrecí y me sentí feliz de hacer dos cosas buenas a la vez: Protegerla del frío y librarme de aquella fastidiosa prenda.
—¿Marta, desde cuándo fumas? —Le pregunté mientras aplastaba el pitillo.

—Antes de entrar a la escuela de diseño. Antes de conocerte. Ya olvidé como era.

—Así parece. ¿Hay algo más que yo no sepa?

—Eran casi tan alcohólica como tú —dijo exhalando con fuerza, que era su manera de decir "me atrapaste".
No dije nada. Tomé una pala de un estante y salimos.

La sala y los pasillos de la galería estaban despejados, no fue necesario usar ni la pala ni los codos para avanzar. No había gente, sólo un maremágnum de zapatos, bufandas y anteojos.

En la parte posterior se escuchaban detonaciones de distintos calibres. En el frente, sirenas y ruido de gente.

Los pocos que quedaban estaban en el estacionamiento. Se miraban sin decir nada, conmocionados. Algunos eran atendidos por paramédicos y Protección Civil, aunque no vi a nadie herido.

Reconocí a Flavio. Estaba sentado en el capo de un deportivo junto a Tamara, ella parecía mirar el horizonte y él, el vacio.  Su palidez me recordó la piel del primer muerto. Nos acercamos, reparó en nosotros y puso cara de fastidio.
—Una delicia el acto, Flavio. La representación de los muertos vivientes fue tan real. Pero ya terminó todo. Ya puedes dejar de fingir que tienes miedo —le solté.
En otras condiciones me habría dado un golpe pero se limitó a decir que me fuera a la mierda.
—No vale la pena Flavio. Nada como la que tú organizas —le dije— sólo espero haber descifrado la intensidad del conflicto.
Gruñó y miró a Marta buscando su complicidad. Dudo que la haya encontrado en aquel rostro inexpresivo.

Subimos al carro y abandonamos el sitió a toda marcha.

Dejamos atrás la zona boscosa y entramos en la autopista donde la noche dibujaba formas menos caprichosas con sus siluetas.  

Marta iba abstraída, tenía la mirada fija en el tablero, tratando de no ver el camino.
—¿Marta, sabes qué? —le dije.

—¿Qué? —dijo bajito.

—Que lo bonito del asunto es que no tienes que preocuparte por si dije/hice algo indebido o si me salté el protocolo y las buenas costumbres, con lo que pasó esta noche nadie se va acordar.
No dijo nada pero se dibujó una sonrisa que podía enmarcase y exhibirse tras un cristal. Era mejor que un cuadro. Una pieza artística que yo entendía.
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:iconshaoran100:
shaoran100 Featured By Owner Oct 2, 2011
muy bueno, comico, sorpresivo

buen trabajo sigue asi......
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:iconkaesaru:
Kaesaru Featured By Owner Oct 2, 2011
Muchas gracias pana.
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:iconzeroragnarok:
Zeroragnarok Featured By Owner Oct 2, 2011  Hobbyist General Artist
buen trabajo
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:iconkaesaru:
Kaesaru Featured By Owner Oct 2, 2011
Muchas gracias Zero!
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:iconzherion:
Zherion Featured By Owner Sep 25, 2011  Student General Artist
Esta bueno, pero esta muy largo.
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:iconkaesaru:
Kaesaru Featured By Owner Sep 25, 2011
Gracias.
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